Ya nadie quiere ser fresa

Homero Ontiveros
30 de Noviembre 2018
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Homero Ontiveros

“Vente, vamos a un bar que tienes que conocer”, me dijo mi amigo el escritor en la Ciudad de México y llegamos un bar llamado El Bósforo. Es un lugar cercano a la Alameda que no tiene anuncio y ningún tipo de publicidad. “Si llegas aquí es porque alguien te dijo del lugar”, y sin embargo estaba casi lleno.  

Anteriormente la zona era fea y se podían ver indigentes y personas en situación de calle rondándola. Ahora le gentrificación le ha llegado y comienzan a verse una serie de lugares modernos, entre bares, cafeterías y restaurantes con aspecto de tendencia. Hay mucho más movimiento de personas en la noche y se respira cierta tranquilidad.

Al entrar al bar es como entrar a un pequeño espacio escondido. La iluminación corre a cargo de unas veladoras que no le dan un ambiente bohemio sino más bien medio clandestino, aunque no lo sea. Hay una barra extensa pegada a la pared y la especialidad son los mezcales y las cervezas. En el ambiente podía estar sonando Frank Zapa y luego el Three Soul & My Mind, lo cual le daba una atmosfera más genuina. Entre la gente había una mayoría de jóvenes, locales y extranjeros, que por su aspecto no parecían de la zona, sino de una cierta clase media que quiere conocer y apropiarse de espacios donde antes sólo había decadencia.

De pronto alguien entra, y en un pequeño espacio comienza a bailar breakdance, así de la nada, ante la mirada normalizada de los demás. “Aquí hay puro loquito acomodado que busca sentirse que hace algo diferente”, me dice mi amigo, pero yo no dejo de pensar que es un lugar genuino en el que su atractivo radica en lo raro que resulta el ambiente.

Siempre he pensado que la música es fundamental para el ambiente de cualquier lugar y pocas personas se preocupan por eso. Este lugar, al menos en la música que tiene, es diferente a los demás. Es notorio que algunos traen alguna droga encima, pero no hay ninguna preocupación, cada quien está en lo suyo. Llega un conocido de mi amigo, periodista también, y nos platica que las autoridades quieren desalojar un edificio antiguo con una cafetería clásica y ellos están luchando, incluso por la vía legal a manera de confrontación, para que eso no suceda. Dice que están en contra de la gentrificación y que no van a permitir que hagan el desalojo. Sin embargo, lo irónico es que platicamos de eso en un bar que justamente es resultado de eso, de la gentrificación de la zona.

Terminamos el mezcal y me dice mi amigo el escritor: “vente, vamos ahora a un lugar que es más real”, y me lleva al Farolito, un bar ubicado apenas a unos cuantos pasos pero que es una vieja cantina de barrio. El lugar está casi vacío, de no ser por las dos “meseras” sentadas en una mesa esperando a ver si alguien llega, o alguien las lleva. Nos sentamos en la barra y es el dueño quien nos atiende. Al fondo, suena el canto de una rockola: “el amor de mi vida has sido tú”, mientras el propietario nos dice que hoy, por la situación política que se avecina, el cambio de gobierno, está muy tranquilo, pero reconoce que tiene ciertos personajes que ya son clientes habituales.

Se respira una camaradería. Si en el otro bar quienes atendían tenían un aspecto muy cuidado, que contrastaba con lo que era la zona, en este el señor no trata de aparentar nada y se suma a la charla casual que tenemos mi amigo y yo. Le pregunto al escritor cómo es posible que un ambiente cambie tanto en sólo unos pasos, cómo suceden estas cosas en una zona donde apenas hace algunos años era de poco andar por la noche. Su respuesta fue directa: “Es que ya nadie quiere ser fresa, hay una negación de la propia condición y se apropian de espacios en donde anteriormente no tenían lugar”.

Me quedo pensando en que ese es un buen título para una canción: “Ya nadie quiere ser fresa”, y entonces pienso que en Monterrey no tenemos este tipo de lugares y termino cuestionándome si en Monterrey nos molesta ser fresas o no.


 

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