La ruta

Lorena Chapa
22 de Noviembre 2018
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Lorena Chapa

Hoy voy a cambiar de ruta. La verdad ya no sé qué inventar para acortar los tiempos en el tráfico, creo que donde verdaderamente se nota mi edad es en que siempre pienso que llego a todas partes en máximo media hora.

Está igual por todos lados. Pongo el radio, también otro signo de los tiempos, los chavos de hoy no escuchan el radio, ponen Spotify su playlist preferida, no saben de soportar anuncios, cambiarle de estación para que el azar consiga sorprenderte para bien o para mal.

Manejo y voy absorta. Pongo la reflexión cristiana en mi teléfono de hoy y me concentro para escucharla, un taxi destartalado se me atraviesa y se mete a la mala en una fila sin fin, que yo sí hice y él no. Lanzo improperios, y justo en el momento que termino de decir la palabra altisonante, escucho la voz del sacerdote decir “espíritu de paz” y me sonrojo un poco.

El tráfico sigue, voy vuelta de rueda en este día gris lluvioso que no tiene nada de especial y que por lo mismo me eriza la piel. Tengo la teoría no-científica de que los días que no tienen nada de especial, siempre pasa algo. El problema es que no sabes si será bueno o malo, recurro al viejo truco de seguir viviendo como si nada.

Entro por fin a una calle menos transitada del centro, cruzo el semáforo más gorroso de la comarca y eso indica que estoy a ocho minutos exactos de llegar a mi destino. Me encanta trabajar en esta colonia, tiene ese aire de otros tiempos, aristocrática, calles anchas, casas de arquitectura de los sesenta, en las entrañas de Monterrey, tiene carácter, personalidad, “ondita”. Y lo mejor es que al llegar o al salir del trabajo levanto la cara y veo El Obispado, cerquita, y si tengo suerte, la hermosa bandera mexicana de seda que ondea en el cerro.  

Estoy a nada de llegar… giro en una calle de doble sentido truculento que está flanqueada por una preparatoria que siempre hierve de muchachos y muchachas llenos de vida, que me recuerdan a mis hijas y sus amigos, y que ponen otro ritmo a los tiempos de oficina que tantos llevamos cargando.

De repente una figura entra al espacio que estoy ocupando con mi vehículo en marcha: un muchacho de manera intempestuosa se baja la banqueta directo a mi carro, de espaldas, sin verme, literalmente a caer a la esquina del frente de mi camioneta. Carros venían en el sentido opuesto, pero mis brazos de cualquier manera movieron el volante completamente hacia la izquierda, frené, grité y pité, todo al mismo tiempo. Sentí un golpe en el costado derecho del auto. El tiempo se paró. Paró el carro que venía enfrente de mí, pararon los transeúntes, paró el sonido, el aire que respiro se paró y paré yo en seco, incrédula. Me tapé la boca, y mi cara se llenó de lágrimas en segundos. Estaba helada, no quería moverme ni un milímetro, me paralizó el miedo de verlo tirado, puedo asegurar que en 30 segundos envejecí 10 años.

Luego de un período de tiempo que no se discernir, escucho unos golpecitos en la ventana del copiloto. Era él. Delgado, unos ricitos caían en su frente, color castaño claro, sus grandes ojos me miraban con un sentimiento que no sabía yo entender.

Entonces yo ya no sabía quién atropelló a quién, la verdad.

Dolía pero había que seguir adelante. Me paré como pude, me sacudí, apenas lo podía creer, todo estaba en su lugar, un poco de dolor en un costado pero yo podía seguir caminando, si me asusté la verdad pero equis, ya pasó. Cuando levanté la mirada me di cuenta que todo se había paralizado, la camioneta roja que me empujó, la señora adentro se tapaba la boca con un gesto de terror. El carro de enfrente, un señor que iba pasando, el aire, e incluso el tiempo, todo se paró.

Tenía la extraña sensación de que yo era el único que podía romper ese extraño hechizo. ¿Todo se colapsó gracias a mí? ¡Sólo iba bajando la banqueta!. Toqué instintivamente la ventana de la camioneta roja. Y le hice a la señora una señal de que bajara el vidrio. Lo bajó un poco y sollozando me aleccionaba con el tono de una mamá doliente: “hijo tienes que fijarte cuando cruzas la calle” y lloraba. Luego me vio a los ojos y algo en mi le dio confianza para seguir: “¿te hice daño?” preguntó decidida. “No señora, estoy bien, lo siento mucho”, había tanta angustia contenida en ella que tenía que ayudarla, le extendí la mano por dentro de su carro y ella me dio la suya, apreté la manita lacia y la acaricié como cuando acaricio a mi cachorro, “lo siento mucho, lo siento mucho” solo atinaba a decirle, mientras todo alrededor se movía de nuevo, poco a poco.

Y entonces yo ya no sabía quién atropelló a quién, la verdad.

Lo dejé sano y salvo, con una medalla en el pecho que le acreditaba haber vivido el susto más grande de su vida, caminando hacia su juventud. Yo seguí manejando sin dejar de llorar.

El día fue bajando de intensidad, hasta que por la noche, me encontré caminando en los jardines de la que fuera mi universidad. Cuando iba pasando por el hermoso mural iluminado noté que en una de las bancas de cemento que están frente a él, un jovencito con una guitarra, le cantaba a la vida llena de luz, color, formas que representa ese mural que tengo tatuado en mi imaginario personal. “Él está bien”, recordé y sonreí.

Era un día de esos que no tienen nada de especial, por eso era tan aterrador… pero creo que no hubo mejor manera de terminarlo.


 

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