Viaje al sur

Lorena Chapa
29 de Noviembre 2018
image

Lorena Chapa

Estuve en el sur, y me falto papel y lápiz, me faltó visión nocturna, me faltó mesura y me sobró asombro ante la experiencia de, de hecho, estar en el sur.

Para empezar está eso de las dimensiones. Comprendí perfecto a García Márquez y su prolífica prosa selvática llena de flora, fauna y frutos; su dedicación y pasional relación de amor y odio hacia la República bananera en donde lo más real es un sueño y los sueños más absurdos son reales.

Estuve en el sur, apenas a un costado de la selva negra. Selva salvaje, que todo fecunda, que todo se come, que amamanta a todos con sus frutos enormes, que se dan sin pudor en patios descuidados, en esquinas sin tráfico, en pasillos furtivos.

Conocí al fin la lluvia que cae completamente vertical, sin enojo, contemplé los ojos de un coatí, y el porte de un jaguar negro, hermoso. Vi a la gente y la gente me vio… y siguió su camino a un ritmo imposible. Entendí al fin lo que es observar una naturaleza tan elocuente y exuberante que envicia, que mesmeriza. Sentí el aire templado bajo un sol tranquilo, adormilado, que no persigue, que no quema, que no grita furioso cada vez que dan las 12:00 pm; un sol hermoso, que no aún dentro de su hermosura, no llega a ser mi sol.

Vi cerros chicos con árboles grandes, con tierras rojas, campos completamente ocupados, verdes siempre, eternos. Reconocí maravillada la casita que siempre vi en los libros de textos de gobierno, esa que estaba en medio del campo, con tejita roja, porche con columnas, pintada de rosa oscuro, con un anafre afuera, vaquitas y maíces. Y yo que siempre pensé que era una fantasía; y era una casita del sur.

Sentí que había tantas historias que estaban escritas en el aire y que se sienten suaves por todo el cuerpo, pero que nadie puede capturar; tantas novelas latiendo bajo cada roca; tantos cuentos en los zaguanes, y tanta poesía en los contornos, en los matices en los colores, que entendí un poco y al fin lo que significa todo lo contario a ser del norte, lo opuesto a la austeridad y la belleza de lo árido. Lo opuesto a sacar agua de la nada, a lidiar con un clima furioso y contemplar como si fueran altares, los serios e imponentes cerros guardianes.

Allá, en el sur, palpé lo barroco de una naturaleza bendita, desbordada, lo gótico de las noches de feria con alcoholes; viajé por el tiempo hasta llegar a una esquina con tiendita de abarrotes, en donde venden los frijoles en cucurucho de papel estraza y a las 11:00 sale el queso recién hecho.

Estar en el sur es la experiencia más iluminada que he tenido en mi vida, acerca de ser del norte. La más opulenta, la más desgarradora, y la que más ha reafirmado esta personalidad que me cargo y me descargo, equiparada al paisaje parco, difícil, entrón, terco, extremoso y crudo de sobreviviente del norte.



 

Comentarios